El enfoque Modular-Transformacional

Un modelo integrador en psicoterapia 

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La estructura y funcionamiento del inconsciente y el 
psiquismo

Dos paradigmas contrapuestos sobre el psiquismo y 
la psicoterapia

En el momento actual existen dos paradigmas desde los que se comprende el funcionamiento
el inconsciente y el psiquismo en general: uno, regido por lo que en epistemología se ha 
denominado "principio de homogeneidad", en que se considera que el inconsciente es 
homogéneo, regulado por un sólo tipo de leyes de funcionamiento, en que la psicopatología 
derivaría de una condición fundante que es elegida como determinante y supraordinada con 
respecto a cualquier otra, entendiéndose, también,  que los cuadros clínicos serían 
homogéneos ("el" obsesivo, "la" histeria, "el" depresivo, "la" psicosis", etc., todos 
denominados en singular), en que la psicoterapia debería obedecer, según cada escuela,
a una única y privilegiada forma de intervención que es elevada a la categoría de 
procedimiento universal para no importa qué estructura de personalidad o cuadro 
psicopatológico. 

El otro paradigma, es el de la "modularidad", guiado por la idea de que tanto el inconsciente 
como la mente están constituidos por la articulación de módulos o sistemas  que obedecen a 
diferentes regulaciones, módulos que evolucionan en paralelo asincrónicamente, que en sus 
relaciones   complejas imprimen y sufren transformaciones, y que requieren, para su 
modificación, de múltiples modalidades de intervención. 


Modularidad del inconsciente 

Si se sigue la evolución de la obra freudiana en relación al inconsciente se constata algo que 
se aleja notablemente de la primera versión ofrecida en "La interpretación de los 
Sueños", la cual, sin embargo, es la que se sigue repitiendo como descripción del 
inconsciente: 

    Junto a un funcionamiento regido por la falta de contradicción, por no obedecer a la 
lógica convencional, por la pérdida de las significaciones  del lenguaje y por quedar 
las palabras como significantes que se combinan por asonancia o por su coincidencia 
temporal, en el inconsciente existen fantasías altamente organizadas, creencias 
matrices pasionales, redes conceptuales, vigencia de la contradicción como lo 
prueban el conflicto inconsciente, el deseo de eliminar al rival para poder poseerse 
al objeto del deseo (lógica de exclusión del tipo "o yo o el otro"), o los conflictos 
entre el yo y el superyó con culpabilidad inconsciente por lo que se hizo o fantaseó. 
Es decir, un inconsciente no caótico sino altamente estructurado, con ideologías 
sobre lo bueno, lo malo y lo prohibido. 

    Junto a un inconsciente regido por el principio del placer y el deseo, con tendencia 
a la realización de éste, otro inconsciente en que lo temido se da como ocurriendo, 
en que las pesadillas de persecución dominan, en que la compulsión a la repetición 
de lo traumático es lo vigente. Inconsciente no del goce sino del horror, inconsciente 
no de realización del deseo sino del sujeto del displacer. 

    Junto a un inconsciente originado a partir de la exclusión de la conciencia de ciertas representaciones por estar en contradicción con las dominantes e idealizadas 
(represión secundaria), un inconsciente formado por aquello que nunca estuvo en 
la conciencia, producto de las identificaciones con los rasgos, fantasías y códigos 
de los personajes significativos para el sujeto, así como resultado de las 
interacciones con esos personajes que quedan inscritas como memoria 
procedimental y no como relatos o narraciones inconscientes capaces de ser 
recordadas. 

    Junto a un inconsciente cuyos contenidos reprimidos pugnan por salir, un 
inconsciente que ha sido desactivado, debilitada la fuerza de sus 
representaciones, consecuencia de lo que Freud denominara "Untergang".

Por otra parte, si el inconsciente no es algo generado desde el interior sino que en su 
origen interviene de manera decisiva la intersubjetividad, el otro, entonces pueden faltar 
ciertas inscripciones, haber "huecos", ciertos deseos no haberse constituido, algo muy 
diferente de que el deseo siempre exista pero se halle reprimido por el conflicto 
intrapsíquico o la amenaza externa. Incluso, la fuerza del desear, no ya la temática de un 
deseo en particular, muestra variaciones importantes entre las personas en función de 
su forma de constitución y de las experiencias vitales sufridas.

  En síntesis: el inconsciente es una estructura compleja, con módulos que se 
rigen por diferentes leyes de funcionamiento, que tienen distintos orígenes, con 
contenidos que se hallan en múltiples niveles de representabilidad y de 
intensidad o fuerza (catexis) de sus inscripciones. 



Consecuencias para la terapia de la modularidad del inconsciente

El psicoanálisis comenzó siendo una teoría sobre la represión secundaria -lo que 
estuvo en la conciencia y que era excluido por chocar con otras representaciones, 
también presentes en la conciencia. La técnica coherente con esa concepción era la 
del levantamiento de la represión, el rellenar las lagunas mnésicas, es decir, la 
recuperación del recuerdo de lo "olvidado" por acción de la represión. Pero, dado que 
la técnica terapéutica es subsidiaria de la conceptualización que se tenga sobre el 
funcionamiento psíquico, si se considera que el inconsciente tiene una estructura 
modular, y que es distinto aquello que ha sufrido la represión secundaria (exclusión 
de la conciencia por incompatibilidad con ésta) de lo que se encuentra en estado de 
desactivación afectiva por efecto de la Untergang, y de lo que nunca llegó a constituirse, 
entonces, las intervenciones deberán ser diferenciadas. 

Para lo que se encuentra en estado de represión, sí será pertinente el trabajo con las 
defensas que se oponen a la emergencia de lo reprimido, o con las prohibiciones 
superyoicas, o la elaboración de las ansiedades que impiden que aquello que está 
fuertemente cargado afectivamente pueda desplegarse. En estos casos se trataría de 
eliminar el obstáculo para que surja lo que teniendo la fuerza de un volcán permanece en 
estado de represión. 

Pero si hay algo que ha sido desactivado afectivamente en el inconsciente o que, 
incluso, nunca llegó a existir, la tarea terapéutica será diferente: resultan necesarias 
intervenciones específicamente dirigidas a volver a otorgar fuerza afectiva a lo desactivado 
o a generar procesos de neogénesis, es decir, de inscripción psíquica de lo faltante. 
Para ello, las formas de intervención terapéutica deberán ser múltiples. Es en el 
reconocimiento de esta multiplicidad y especificidad de las intervenciones en función de 
los estados del inconsciente, de la estructura de personalidad y de las múltiples 
configuraciones psicopatológicas donde se ha producido un progreso considerable en 
los últimos años  (Para un examen pormenorizado tanto de los fundamentos como de las 
formas concretas de intervención técnica, ver "Avances en Psicoterapia Psicoanalítica" ).



Modularidad y Sistemas Motivacionales 

Así como el progreso en el conocimiento del inconsciente ha dado lugar a una visión 
mucho más compleja del mismo, igual sucede respecto a la forma en que se puede 
entender al psiquismo en general. Frente a concepciones que hacen hincapié en una u 
otra motivación como exclusivas fuerzas impulsoras del suceder psíquico (la sexualidad, 
por ejemplo), el enfoque "Modular-Transformacional" describe múltiples sistemas, con 
sus respectivas estructuras y variantes. El diagrama indica algunos de los módulos y 
sistemas motivacionales, los que deben entenderse como estando articulados entre sí. 

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La configuración de dominancia o de oposición/concordancia o de sobresignificación 
entre los módulos varía según el  tipo de personalidad. Ejs.: 

Algunas personas, por necesidades de apego organizadas alrededor de la 
autoconservación  (protección, cuidado), por la angustia que les produce la 
posibilidad de la ruptura del vínculo, son capaces de soportar todo tipo de 
humillaciones o de privaciones sensuales/sexuales. El módulo del apego en 
estos casos predomina sobre el de los deseos  sensual/sexuales, o sobre el 
de los deseos narcisistas de valorización y reconocimiento. La persona acepta
cualquier conducta del otro  con tal de no romper con aquel o aquella de los que 
siente que depende para la autoconservación. Lo encontramos en ciertas formas
de masoquismo en las que  hay sometimiento a las exigencias del otro sádico 
cuando éste se ha convertido en la figura del apego autoconservativo. 

Otras personas, por el contrario, debido a fuertes necesidades narcisistas de 
sentirse autosuficientes, de no depender, son capaces de renunciar a sus 
deseos sexuales, alimenticios, o de seguridad y protección, y llegar, incluso, a 
no sentir estos deseos. Lo vemos en ciertas personalidades narcisistas que 
continuamente rompen vínculos, o en los casos de  frigidez o de anorexia por 
oposicionismo en que el deseo es el de frustrar el deseo del otro a fin de afirmar 
un sentimiento de grandiosidad y de superioridad. 

En otras personas, los deseos de dos módulos son igualmente intensos, pero 
entran en conflicto. Ej.: algunos adolescentes, por deseos de narcisistas, necesitan
separarse de los padres o, incluso, rechazarlos. Pero al alejarse, se ponen en 
marcha las angustias del apego y la autoconservación. Con lo cual, vuelven a 
buscar el contacto con los padres, lo que les hace nuevamente sentirse humillados, 
necesitando volver a rechazarlos. Los dos módulos tienen igual jerarquía, de modo 
que cuando se satisface uno, el que le está en contradicción impulsa la conducta 
en sentido contrario, sin alcanzarse una estabilización.

La satisfacción de los deseos de un módulo pueden quedar subsumidos y 
sobresignificados por los de otro módulo. Ej.: la satisfacción sexual puede narcisizarse 
fuertemente, como sucede en el falicismo masculino o en el donjuanismo o en la 
ninfomanía, en que la sexualidad es básicamente instrumento para la afirmación 
narcisista, además de satisfacer a la pulsión. 

Los módulos, a su vez, no constituyen entidades homogéneas, sino que resultan de la 
articulación de múltiples dimensiones (ver Avances en Psicoterapia Psicoanalítica). 

Ej.: el narcisismo depende de las representaciones que la persona posee de sí 
mismo en relación a las representaciones que tiene de los otros, de los sistemas 
de ideales, de la conciencia crítica del superyó, de los mecanismos que se 
ponen en juego para sostener el balance narcisista, de los recursos yoicos para 
canalizar las ambiciones, etc. 


La tendencia al reduccionismo en psicoanálisis y  psicoterapia

En Freud coexisten dos concepciones, la modular y la de la homogeneidad, a veces 
predominando una, a veces la otra. Así, cuando distingue el funcionamiento inconsciente 
del de la conciencia, con diferentes contenidos y formas de regulación, o cuando 
introduce el narcisismo con la distinción entre libido de objeto y libido del yo o libido 
narcisista, y sus correspondientes patologías, o cuando desarrolla la segunda tópica 
con un yo, un ello y un superyó, separables, interactuando, dando lugar a múltiples 
configuraciones, o cuando en el hombre de las ratas señala la complejidad de factores 
intervientes -agresividad, amor, erotismo anal, juegos del significante y del significado 
en la determinación de las fobias a las ratas, modalidad defensiva, etc.-, en todos estos 
casos el psiquismo es entendido como el resultado del interjuego entre componentes, 
cada uno independiente de los otros en su origen y desarrollo, aunque articulándose. 

Pero, por otro lado, el principio de homogeneidad aparece orientando su pensamiento 
en la concepción evolutiva del desarrollo psicosexual marcado por la satisfacción 
libidinal de zonas corporales cuyas vicisitudes determinarían no sólo a las formas de 
vínculos con los objetos sino, además, a los cuadros psicopatológicos. Por tanto, un 
principio organizador -característica de la homogeneidad-, en este caso las etapas 
evolutivas de la libido, de las que derivarían el carácter -el célebre carácter anal- y los 
cuadros clínicos. 

Es, sin embargo, en el campo de la terapia en donde el principio de homogeneidad 
domina el panorama. A pesar de sostener Freud que el inconsciente es determinante, 
a pesar de su trabajo del 15 sobre "Lo inconsciente" , en donde examina la hipótesis de
la doble inscripción que postula que algo puede estar en la conciencia y también en el 
inconsciente, sin embargo, la técnica se centra exclusivamente en hacer consciente lo 
inconsciente -la ampliación de la conciencia-, con la tesis de que si algo es restituido 
a la conciencia, entonces,  deja de tener efectos desde el inconsciente. 

Con este privilegio de la toma de conciencia y de la interpretación -con toda la 
importancia que le reconocemos-, el inconsciente es visto, desde el punto de vista 
terapéutico, como aquello que fue excluido de la conciencia por la represión secundaria. 
Por tanto, bastaría con hacerlo consciente para que desaparecieran sus efectos. 

En otros términos, lo que en el plano de la descripción de la estructura del 
psiquismo es encarado por Freud desde la perspectiva de la modularidad 
-el inconsciente y la conciencia como dos estructuras diferentes, con leyes 
diferentes-, en el plano del tratamiento es reducido al principio de 
homegeneidad: la conciencia, lo verbal, eso es lo decisivo. 

Si pasamos ahora a Klein, el instinto de muerte y la agresividad aparecen como 
principios organizadores de los cuales depende la  proyección y, a partir de ésta, la 
evolución del psiquismo, ya que lo que se introyecta es, esencialmente, lo deformado 
por la proyección previa. Agresividad, por otra parte subsidiaria de dos condiciones 
decisivas: la envidia constitucional y el instinto de muerte. En consecuencia, plena 
vigencia del principio de homogeneidad, en tanto todo está atravesado por 
una condición que privilegia, la de la agresividad, y por dos mecanismos 
esenciales, la proyección y la reintroyección. Más aún, todo deriva de lo interno, del 
instinto, vida y muerte, y lo externo es mero elemento matizador, nunca determinante 
a igual título que lo interno. 

Si vemos qué sucede en Kohut, encontramos al narcisismo como condición 
supraordinada que determina a las demás, a la sexualidad y a la agresividad, cuyas 
patologías son entendidas como mero productos de desintegración de la cohesividad 
del self y no cómo organizaciones con sus líneas evolutivas y sus articulaciones 
complejas con el narcisismo. Kohut hace desaparecer la agresividad como 
dimensión con múltiples causas y la ve como función  exclusiva de las 
vicisitudes del narcisismo. Nuevamente, el principio de homogeneidad. 

Pero el que lleva el principio de homogeneidad hasta sus últimas consecuencias
es Lacan con su concepción del  "nombre-del padre", que domina la primera época de 
su producción como elemento  estructurante de todo el psiquismo y generador, por sus 
fallas, de las diferentes patologías, que se ordenan en torno a sus vicisitudes. desde la 
psicosis hasta la neurosis. La "forclusión" aparece como capaz de explicar las psicosis, 
a la que llama "la" psicosis, nuevamente entidad homogénea, en singular. Incluso, con la 
idea de los tres registros -lo imaginario, lo simbólico y lo real-, lo que pudiera hacer 
pensar en módulos, no se trata de nada de eso, permanece en el orden de la 
homogeneidad ya que en cada período  de las sucesivas reformulaciones de su teoría, 
uno de ellos adquiere primacía y los otros son dependientes, efectos, consecuencias. 
En la primera época, primacía de lo simbólico, del significante; en la última, primacía 
de lo real. Además cada registro se define en función de los otros, en una topología 
lógica de las implicaciones recíprocas. 

Igual recaída en el principio de homogeneidad domina la producción de los 
continuadores de Lacan. Si se toma como estado actual de su producción teórica 
"El síntoma charlatán" (1998), Miller sostiene"Lacan adoptó, de entrada una perspectiva 
unilateral sobre el síntoma, según la cual el síntoma es puramente simbólico..." (p. 22). 
A continuación destaca que Lacan "Luego situó -pero en un segundo tiempo- la 
incidencia del fantasma en este mensaje del Otro" (p. 22), agregando "Pone -se refiere 
a Lacan- mucho énfasis en la relación de lo simbólico con lo imaginario". 
Es decir, Miller reconoce la unilateralidad de dos momentos de la conceptualización 
lacaniana del síntoma: primero el síntoma como puramente simbólico; luego, 
demasiado énfasis en la relación existente en el síntoma entre lo simbólico y lo 
imaginario. Y cuando todo llevaría suponer que al destacarse la unilateralidad en la 
comprensión del síntoma se vería la multiplicidad del mismo, y sus determinaciones 
también múltiples, se termina situando al síntoma en lo real y a enunciarse la frase que 
es la nueva consigna: "Entonces, de qué sirve vincularlo con la palabra". Nueva 
unilateralidad o, de manera más precisa, plena vigencia del principio de homogeneidad 
ya que se habla de "el" síntoma como si fuera una categoría homogénea que puede 
abarcarse con el uso del artículo en singular, y, sobre todo, porque está ubicado en un 
sólo registro, el de lo real y se termina desvincularlo de la palabra y la interpretación. 



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