El
enfoque Modular-Transformacional
Un
modelo integrador psicoterapia

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Autores: Méndez Ruiz, J.A.* ;
de Iceta Ibáñez de Gauna, M. **; Ramos Fuentes, Mª
Isabel
***
* Psiquiatra - Psicoanalista. S.S.M.
Majadahonda,
Madrid.
** Psiquiatra - Psicoterapeuta. Madrid.
*** Psicóloga - Psicoterapeuta.
Profesora Titular, Departamento de Farmacología y
Psiquiatría.
UEX, Badajoz.
(Publicado en: Archivos de
Neurobiología,
1999; 62 (1): 7-22)
Objetivos:
Ejemplificar la necesidad de realizar intervenciones
terapéuticas
específicas dentro del campo de la psicoterapia
psicoanalítica,
considerando la diversidad de factores que intervienen en la
génesis
y el mantenimiento de los diferentes cuadros clínicos,
así
como los distintos momentos evolutivos por los que atraviesa cada
proceso
terapéutico concreto.
Método:
Se
presenta un resumen del desarrollo del proceso psicoterapéutico
realizado con dos pacientes diagnosticados de episodio depresivo,
partiendo
de un enfoque de psicoterapia psicoanalítica de objetivos
limitados
en el contexto de una institución pública. Se trabajan
estos
casos considerando que un fenómeno puede definirse a partir de
su
génesis, lo que lo pone en marcha, o por su estructura, es
decir,
el modo en que se articulan los distintos elementos para el
mantenimiento
del cuadro una vez que se ha desarrollado. Ambos ejemplifican un tipo
predominante
de intervenciones: interpretativas y afirmativas (según la
concepción
del conflicto y el déficit, como los grandes generadores de las
diversas patologías).
Resultados
y
Conclusiones: Las intervenciones afirmativas e interpretativas
constituyen modos de actuación diferenciados, pero
complementarios,
que se dirigen a diferentes tipos de experiencia. La utilización
de unas u otras debe basarse en las características particulares
de cada cuadro y del momento del proceso terapéutico, pudiendo
una
misma intervención resultar adecuada o iatrogénica. El
psicoterapeuta
debe oscilar entre ambas intervenciones, aunque unas sean predominantes
sobre las otras, según cada caso y momento.
Palabras
clave:
Psicoterapia psicoanalítica;
intervenciones
afirmativas; intervenciones interpretativas; iatrogenia; enfoque
modular-transformacional;
modelo multidimensional.
Summary
Objectives:
Illustrate the need for specific therapeutic interventions in the field
of psychoanalytic psychotherapy, taking into account the variety of
factors
which participate in the genesis and maintenance of different clinical
pictures, as well as the evolution of the psychotherapeutic process in
each particular case.
Method: A
summary of the development of the psychotherapeutic process done with
two
patients diagnosed as suffering a depressive episode, from a time and
objective-limited
psychoanalytic psychotherapeutic approach. To understand these two
cases
it has been considered that every phenomenon can be defined by its
genesis,
what starts it, or by its structure, that is to say, by the way in
which
all the different elements articulate to maintain the clinical picture
once it has developed. Both cases exemplify two different types of
interventions,
interpretative and affirmative (as determined by the conceptions of
conflict
and deficit as the main sources of pathology).
Results and
Conclusions:
Affirmation and interpretation constitute non-exclusive and
complementary
modes of intervention, intended to address different kinds of
experience.
Using one or the other must be based both on the specific features of
the
clinical picture and the time of the psychotherapeutic process.
Actually,
the same intervention could result either adequate or iatrogenic
depending
on these factors. The therapist must oscillate between both types of
interventions,
although one may be predominant, depending on the case and its
evolution.
Key
words:
Psychoanalytic psychotherapy; affirmative
interventions; interpretative interventions; iatrogenia;
modular-transformational
approach; multidimensional model.
Pacientes y Método
Se presenta un resumen global del
tratamiento
psicoterapéutico realizado sobre dos casos que
clínicamente
quedan encuadrados dentro del epígrafe de la depresión,
pero
que, desde un punto de vista de diagnóstico
psicoanalítico,
ofrecen enormes diferencias. El primero de ellos quedaría
inscrito
dentro de la génesis por conflicto, concretamente un conflicto
intrapsíquico
en el que predomina un vínculo destructivo con los mandatos
superyoicos
introyectados. En el segundo se produce una depresión en la que
la tristeza no está en primer término, no existe
conflicto
intrapsíquico, por el contrario, aparece de modo predominante
una
desconexión con las vivencias internas, no hay fuerzas que se
opongan
activamente unas a otras, se trataría de un sufrimiento por
trauma
pasivo (18).
Ambos tratamientos se realizan en
el marco de un Servicio de Salud Mental de la Comunidad de Madrid con
un
encuadre de una sesión semanal y una duración limitada a
un año (en el caso 1 se amplió posteriormente, tras
replantearse
los objetivos iniciales).
Caso nº 1
Varón de mediana edad, casado y
que trabaja como técnico especialista. Consultó por un
cuadro
de depresión mayor sin síntomas psicóticos (F32.2
del DSM-IV) (21), en el que predominaba una gran inhibición
psicomotriz
e intensos autorreproches. El factor desencadenante fue una
frustración
laboral al ser repudiado por el cliente para el que trabajaba desde
hacía
varios años.
En las primeras entrevistas, aparte de
su inhibición marcada, mostraba gran dificultad para expresar
emociones,
alternando los reproches hacia sí mismo con momentos de llanto
que
se siguen de tensos silencios. Su capacidad cognitiva global estaba
alterada,
con graves déficits de atención y memoria, y momentos de
inquietud psicomotriz. No refería antecedentes somáticos
ni psiquiátricos de interés, personales ni familiares. De
su personalidad previa su mujer destacó un enorme nivel de
exigencia
y un gran rigor moral hacia sí mismo y los demás.
Su historia vital estaba monopolizada
por su padre, de quien afirmaba: “Es una persona admirable, honesto,
trabajador...
inflexible con sus ideas que no variaban con el tiempo y sabiendo
siempre
asumir sus responsabilidades”. Ofrecía ejemplos de la extrema
rigidez
y exigencia de la conducta paterna, sin expresar el más
mínimo
asomo de crítica, fruto de una idealización absoluta en
la
que asumía como culpa propia el no responder a sus expectativas
(exigencia desmedida de éxito, humillándole
después
al no conseguirlo; duros e inflexibles castigos por infringir las
normas,
etc.). Afirmaba que tras su muerte 6 años antes “empezó
todo,
desde que murió me he ido apagando y he perdido la estabilidad
psicológica”.
De su madre y hermanos los comentarios fueron reducidos y muy vagos,
señalando
una relación distante, de poco cariño, y
reprochándoles
un maltrato hacia su padre.
Caso nº 2
El segundo caso es una mujer joven,
licenciada
universitaria en paro que vivía con sus padres. Consultó
por presentar un estado de ánimo depresivo,
desvitalización,
pérdida de peso, angustia, irritabilidad hacia sus familiares,
ideas
de muerte y aislamiento en su cuarto, donde pasaba casi todo el
día
contemplando su nariz en el espejo. Todo ello en relación con
una
preocupación desmedida sobre el tamaño y forma de su
nariz,
intensificada a raíz de una intervención de rinoplastia.
Presentaba una actitud sumisa y pasiva, expresión emocional
contenida,
y un lenguaje parco y poco espontáneo, siendo necesario
estimularle
con frecuencia para que detallase sus respuestas.
El discurso era exclusivo en torno al
síntoma, que ocupaba todo su pensamiento; con un total
desinterés
por otros aspectos vitales. La representación de sí misma
estaba, al igual que su discurso, centrada completamente en la nariz;
para
ella nada valía "mientras no me vea bien".
Resultó muy difícil arrancar
datos biográficos a la paciente. Ofrecía datos familiares
concisos y poco relevantes. De sus padres comentó "no sé,
son padres normales... buenos sí, siempre me han dado todo lo
que
he querido". La información sobre su infancia y etapa escolar
carecía
de datos significativos. En cuanto a sus relaciones interpersonales,
expresaba
sin entusiasmo que salía con un grupo de amigos no habiendo
tenido
nunca relaciones afectivo-sexuales significativas. Estos datos fueron
obtenidos
de manera dificultosa, pareciendo desconocer todo lo que ocurría
en su interior. Para los padres el rasgo fundamental de su hija era que
“va a lo suyo... lo suyo es la nariz y el resto no existe”. Destacaban
asimismo que siempre había sido “introvertida y poco
cariñosa”.
Fue diagnosticada de Trastorno Depresivo
Mayor (F32.2 del DSM-IV) (21), cumpliendo asimismo criterios de
Trastorno
Dismórfico Corporal (F45.2) (21).
Discusión
En el primer caso, el planteamiento
terapéutico
parte de considerar una identidad funcional dominante (22), es decir,
un
modo prevalente de relación del sujeto consigo mismo. Se pone en
marcha un vínculo muy destructivo que da lugar a un enorme
sufrimiento
narcisista por no alcanzar el ideal que, a su vez, se muestra como un
mandato
amenazante que obliga a la grandiosidad. Aparece en primer
término
el mandato narcisista, que bajo ninguna circunstancia es cuestionado
porque
se construyó como una verdad absoluta. Por ello, el objetivo
terapéutico
de intentar entender al paciente trabajando la temática concreta
que aparece en su discurso, esto es, buscando la disminución de
su culpa persecutoria ofreciendo un modelo de mandato superyoico menos
exigente o más acorde con el sentido de realidad, lo que se
podría
definir como el constituirse en árbitro del sentido de realidad
según el modelo descrito por Strachey (23) de
superyó
auxiliar, se mostró en este primer momento del tratamiento como
contraproducente. En las primeras sesiones se le formularon
señalamientos
que giraban alrededor de esta idea: “¿no cree que las exigencias
de su padre eran excesivas para un niño de corta edad?”. La
reacción
era siempre fulminante y rabiosa en defensa del padre:
”¡Él
podía exigirlo porque siempre fue consecuente en su
vida!...¡era
honesto!...¡usted no lo puede entender!”. Ello permitió
constatar
que los intentos terapéuticos de poner límite a la
persecución
superyoica mediante interpretaciones o señalamientos que
pusieran
en cuestión sus metas o ideales provocaban una inmediata
agresión
contra el terapeuta y obstaculizaban la transferencia, ya que para el
paciente
la defensa a ultranza de sus creencias se convirtió en un modo
de
autovaloración narcisista, de modo que cuestionarlas
suponía
un ataque a él mismo identificado con el superyó. Era un
camino cerrado que comprometía las posibilidades de continuar el
tratamiento. Por este motivo se dejó de lado cualquier
evaluación
(cuestionamiento) de sus metas grandiosas y, en cambio, la tarea se
centró
en poner al descubierto la agresividad por parte del superyó,
esto
es, el vínculo de odio consigo mismo, que se activaba en el
paciente
cuando sentía que sus metas grandiosas no eran alcanzadas. Este
procedimiento de no cuestionar los ideales grandiosos, además de
evitar el riesgo de que el terapeuta se transformase en árbitro
del sentido de realidad, permitió que el paciente hiciera
insight
sobre la relación agresiva que mantenía consigo mismo.
Por otra parte, con la finalidad de
disminuir
la agresividad del superyó, que constituyó el centro de
funcionamiento
dominante en muchos momentos del tratamiento, se trató de que el
paciente se identificase con su yo sufriente. En este sentido se
hicieron
intervenciones que trataron de poner al descubierto el modo en que se
provocaba
dicho sufrimiento: “parece usted un hombre atormentado”....”realmente
su
forma de entender las cosas le está provocando un enorme
sufrimiento”....”parece
vivir sin un momento de paz”. El efecto de tranquilización se
pudo
apreciar en pocas sesiones. Nada en él se opuso a que, desde
fuera,
se reconociese su gran sufrimiento. Por este lado se afianzó el
vínculo terapéutico y se disminuyó la
persecución.
El paciente, por primera vez en su vida, pudo distanciarse de su
conducta
y cuestionarla: ”siempre me preparo para lo peor, como si lo organizase
así, acaba ocurriendo y lo paso mal, muy mal”.
Lo anterior permitió poner
en marcha un segundo momento en la estrategia terapéutica que
fue
el de la reconstrucción histórica, centrada alrededor de
la búsqueda de la génesis de los mandatos superyoicos y
de
la agresividad vuelta contra sí mismo cuando estos mandatos no
se
cumplían. Se trataba con ello de poder transformar “verdades”
que
eran vividas como eternas, en “verdades” históricas y, por lo
tanto,
con un inicio en medio de circunstancias e influencias concretas (1).
Dejando
de lado cualquier tipo de juicio, las intervenciones buscaban hacer una
reconstrucción histórica minuciosa del proceso de
normativización;
en nuestro caso llevando al paciente a relatar las pequeñas
anécdotas
cotidianas que habían ido dando lugar al modo en que enfrentaba
su vínculo con la realidad y consigo mismo. No ha existido por
parte
del paciente un rechazo a esta línea de trabajo, por el
contrario
ha permitido una sensible disminución de la tensión en el
vínculo terapéutico y ha abierto la posibilidad de
cambios
en sus conductas de autoagresión, especialmente cuando hemos ido
introduciendo la figura paterna como también sujeta al proceso
de
transmisión y creación temporal de valores y normas.
En el segundo caso nada se sabe sobre
la génesis del cuadro depresivo. Tan sólo
podríamos
aventurar hipótesis sobre las circunstancias que han llevado a
que
un determinado atributo corporal resignifique, desde un punto de vista
narcisista, todas las representaciones que constituyen la identidad
(valoración)
del sujeto, o sobre cómo se ha producido el desplazamiento de
esa
minusvaloración concreta a la representación global. Lo
que
sí podemos comprobar es que la psicopatología se produce
a partir de una situación de déficit en la que la
paciente
no ha podido afirmar el sentimiento básico del sí-mismo
(18).
No ha podido constituir un sentimiento de seguridad básica al no
desarrollarse funciones esenciales para el buen funcionamiento del
psiquismo,
en este caso preferentemente dos: la capacidad de regulación de
la autoestima y, en relación con ella, la capacidad de vitalizar
el deseo. Así, en el transcurso de la terapia pudimos observar
que
cualquier intervención que toque estos aspectos era vivida con
rechazo
e indiferencia: “de nada sirve que te quieran si tú misma no te
quieres”...”siempre ha sido así, desde que recuerdo”...”es
cierto
que algún chico se ha interesado por mí, pero al final
bromean
sobre mi nariz”, respuestas que eran dadas casi sin tonalidad afectiva.
La autoestima sólo puede
constituirse
en el niño mediante la participación de un objeto externo
significativo que le pueda hacer creer, ilusoriamente, que posee
capacidades.
La autoestima es siempre una creación en la que el medio externo
es fundamental (1). Conceptos como el de especularización en
Kohut
(4) o de sostenimiento (holding) en Winnicott (13) apuntan en este
sentido.
Sin embargo, en este caso los intentos de investigación sobre su
infancia o su relación con los objetos significativos recibieron
respuestas evasivas y sin aparente interés. Eran vías
cerradas
en todos los casos a la hora de trabajar técnicamente con la
paciente,
que rehuía, mejor podríamos decir que se veía
imposibilitada,
para implicarse en cualquier abordaje que tuviese como objeto la
búsqueda de insight mediante la interpretación. Los
antecedentes
de abandono terapéutico, su enorme dificultad, casi
imposibilidad,
de apartarse del discurso manifiesto, unidos a una escasa capacidad de
introspección, así lo atestiguaban. Esto no era posible,
no por mecanismos de represión, sino por la desconexión
existente
entre ella misma como sujeto y su síntoma.
Por todo ello la tarea terapéutica
se centró en la posibilidad que se abría de trabajar
sobre
el vínculo, lo que se pudo observar en su regular asistencia a
las
sesiones y en el interés que manifestaba por lo que en ellas
ocurría,
aún cuando rechazase o no se implicase en los contenidos que
surgían.
Se planteó entonces como objetivo el abrir un marco en el que la
queja sintomática pudiera ser expuesta sin cuestionamiento, sino
intentando su articulación con el resto de los componentes de la
personalidad en un doble ámbito: articulación consigo
misma,
con su propio psiquismo, con la representación que tenía
de sí, intentando ayudarle a reconocer sus deseos, sistemas de
ideales,
obligaciones, etc. En segundo lugar, la articulación con lo
intersubjetivo,
con el reconocimiento de los estados afectivos que surgían en la
relación con el otro, su ubicación frente a otros
significativos,
deseos o temores ante la intimidad, etc. El modo en que se llevó
esto a la práctica fue mediante intervenciones afirmativas (24),
que, como dijimos antes, son aquellas que no buscan revelar
significados
ocultos, sino conseguir que el sujeto sienta que algo existe, o lo que
es lo mismo, no se trata de revelar significados, sino de crearlos en
el
marco de la relación terapéutica. Resultaba sorprendente
comprobar cómo la paciente no tenía capacidad para
representar
causas y efectos, atribuir y experimentar intencionalidad a su conducta
o sentimientos: “me sentí bien en la fiesta con mis amigos, pero
enseguida me miré y pensé...¿qué me
importa?”...
“siempre que salgo los fines de semana, al terminar me encuentro bien,
me parece que estoy curada... pero cuando llego a casa y me miro, ya se
me ha pasado”. La paciente no posee una representación de
sí-mismo
como responsable de sentimientos y necesidades, carece de lo que
Killingmo
(18) denomina intencionalidad primaria. Se trataba con las
intervenciones
del terapeuta de ayudarle a experimentar el significado mismo: “es
interesante
que pueda separar el verse y el sentirse, que, aunque se vea mal pueda
sentirse bien”...”me hago cargo de su dificultad para reconocer de
dónde
viene ese bienestar y cómo se va”. Las intervenciones se
dirigieron
entonces a ayudarle a disipar las dudas sobre la validez de su
experiencia,
creando significados en el marco de la relación
terapéutica.
La presentación separada de
estos
dos enfoques teóricos y sus implicaciones en la técnica
no
pretende plantearlos como antitéticos. Muy al contrario. La
concepción
que se defiende en este trabajo participa de la complementariedad de
ambos
para la comprensión del funcionamiento psíquico, pudiendo
encontrarse elementos de conflicto y déficit tras el cuadro
psicopatológico
de cada paciente. A efectos expositivos se pretende ejemplificar
sólo
los aspectos predominantes en la actuación terapéutica en
cada uno de los casos, sin descartar por ello intervenciones
afirmativas
en el primer caso ni interpretaciones en el segundo, sino planteando
que
la utilización aislada de unas u otras en estos pacientes
resultaría
insuficiente para el cambio y, posiblemente, incluso iatrogénica.
Por último, insistir en que el
trabajo psicoterapéutico propugnado se inserta en un modelo
global
(25,26) de la comprensión del funcionamiento mental, y los
diferentes
abordajes terapéuticos de la psicopatología, el enfoque
modular-transformacional,
integrando los diversos aportes del conocimiento (biológicos,
psicológicos,
sociales, etc.), y defendiendo la implantación de tratamientos
combinados
o multidimensionales, más necesarios cuanto más graves
son
los trastornos psicopatológicos a tratar (27).
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