El enfoque Modular-Transformacional
Un modelo integrador en  psicoterapia

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Hacia una reconceptualización de la psicoterapia psicoanalítica:
 teoría del inconsciente y especificidad de las intervenciones terapéuticas



1. Introducción: la crisis actual de la psicoterapia psicoanalítica

En la actualidad, es casi un tópico considerar que la práctica de la psicoterapia psicoanalítica está en crisis. En nuestra  opinión, los múltiples factores que, según la bibliografía sobre el tema (por  ejemplo, Kernberg, 1996; Agejas et al., 1996; Gutiérrez Terrazas, 1997; Holmes, 1998), han determinado la citada crisis pueden agruparse en dos grandes apartados: por una parte, un grupo de factores que podrían denominarse externos a la propia teoría psicoanalítica y, por otra, un grupo de  factores internos a la propia teoría psicoanalítica. En el apartado de los factores externos, podrían incluirse las múltiples críticas recibidas por la psicoterapia psicoanalítica, desde hace muchos años, tanto en el nivel  de sus fundamentos epistemológicos como en el nivel de su eficacia como técnica psicoterapéutica (Nagel, 1959; Eysenck, 1960; Bunge, 1980; Grünbaum,  1984, entre otros), aunque muchas de esas críticas ya han sido convenientemente contestadas por diversos autores (por ejemplo, Poch, 1989; Avila, 1994;Poch y Avila, 1998). Por su parte, en el apartado de los factores internos el problema parece estar constituido por la coexistencia de orientaciones conceptuales muy diversas, lo que determina que el estatuto epistemológico y teórico del psicoanálisis siga sin estar claro (Wallerstein, 1988;  Tizón, 1995), aunque en los últimos tiempos se está asistiendo a un proceso de integración de las diversas orientaciones que, en parte, podría  facilitar la resolución de este problema interno del psicoanálisis (Pine, 1988 y  1989).
En el presente artículo quisiéramos hacer hincapié en un factor de índole interna, escasamente estudiado en la bibliografía, y que, en nuestra opinión, es de fundamental importancia para comprender, al menos en parte, la mencionada situación de crisis de la psicoterapia psicoanalítica. Nos estamos refiriendo al desfase existente, desde la obra del propio Freud, entre la conceptualización del inconsciente y la conceptualización de la patología mental (Bleichmar, 1994; Ingelmo & Ramos, 1997; Ingelmo et al., 1998). En otras palabras, las modificaciones que Freud y otros psicoanalistas fueron introduciendo, a lo largo de los años, en la teoría que da cuenta del inconsciente (de sus orígenes, constitución y funcionamiento) no determinaron modificaciones parejas en la teoría que da cuenta de los trastornos mentales (de los mecanismos de producción de los mismos, de los mecanismos de su cura y de los instrumentos de la misma). En este sentido, podría decirse, desde una perspectiva general, que la teoría con la que el psicoanálisis aborda la comprensión y modificación de  los trastornos mentales está sustentada sobre las conceptualizaciones del inconsciente que Freud realizó en los comienzos de su obra.

2. La teoría del inconsciente en la obra de Freud

En los comienzos de su obra, Freud (1900, 1901 y 1905, por ejemplo) concebía el inconsciente como el lugar psíquico en el que se encontraban, sometidas  a unas leyes de funcionamiento específicas (proceso primario y principio del placer), todas aquellas representaciones que eran excluidas de la conciencia, mediante el mecanismo de la represión, por la angustia y/o  culpa que generaban. Sobre la base de esta concepción del inconsciente, Freud elaboró su teoría sobre la génesis, modificación y tratamiento de  los trastornos mentales. En este sentido, desde "Sobre el mecanismo psíquico  de fenómenos histéricos: comunicación preliminar" (1893) hasta Esquema del psicoanálisis (1940), consideró que los síntomas surgían porque determinadas representaciones no encontraban su lugar en la conciencia y alojadas en el inconsciente, regidas por las leyes de funcionamiento de este sistema,
pugnaban por emerger. En íntima conexión con esta teoría sobre la  génesis de los trastornos mentales, desarrolló su concepción de la cura de los mismos: los síntomas se resolvían haciendo consciente lo inconsciente, llenando las lagunas mnésicas, levantando la represión, recuperando los recuerdos infantiles, expresiones todas ellas que consideró equivalentes. La  solución terapéutica, según Freud, consistía, por tanto, en incorporar a la conciencia lo que se había excluido de ella, para que, de esta manera, y sometido a la "corrección asociativa", pasase a funcionar según la  lógica de la conciencia. En el seno de esta teoría de la cura, la interpretación  por parte del terapeuta, como posteriormente planteó Strachey (1934) de forma aún más radical, aparece como la herramienta técnica fundamental para incrementar el saber de la conciencia, para incrementar el conocimiento de la conciencia.

Sin embargo, en el transcurso de su obra, Freud introdujo modificaciones, algunas de ellas sustanciales, en la teoría del inconsciente. Estas modificaciones en la teoría del inconsciente deberían haberlo llevado,  si hubiera respetado la necesaria articulación entre la teoría del  inconsciente y la teoría psicopatológica propuesta por él mismo, a una reformulación de la teoría psicopatológica o, al menos, a una reformulación de un  sector importante de la misma. Pero Freud no reexaminó la clínica a la luz de  sus nuevas concepciones sobre el inconsciente. A pesar de la profunda reformulación de la teoría del inconsciente realizada entre mediados de  los años diez ("Recordar, repetir y reelaborar", 1914) y comienzo de los años treinta ("La descomposición de la personalidad psíquica", Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, 1933), Freud continuó creyendo hasta el final de su vida que los síntomas psíquicos se  resolvían haciendo consciente lo inconsciente, es decir, aumentando el saber consciente verbal durante el tratamiento, ya fuera mediante la interpretación transferencial, como plantea en Esquema del psicoanálisis (1940), o, como indica en "Construcciones en el análisis" (1937), mediante la construcción o la reconstrucción. En este sentido, puede decirse que  en psicoanálisis la teoría psicopatológica está retrasada con respecto a la teoría del inconsciente (Ingelmo & Ramos, 1997).

Textos claves para entender la reformulación que Freud realizó del concepto de inconsciente son, entre otros, los siguientes: "Recordar, repetir y reelaborar" (1914), "La represión" (1915a), "Lo inconsciente" (1915b), Más allá del principio del placer (19), El yo y el ello (1923), Inhibición, síntoma y angustia (1926) y la Conferencia XXXI, "La descomposición de  la personalidad psíquica", de Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933).

Teniendo en cuenta lo planteado en estos textos, cabría señalar, de  forma muy esquemática, que las modificaciones introducidas por Freud en su concepción del inconsciente apuntan a que el inconsciente no es un sistema homogéneo, regido por un sólo tipo de leyes de funcionamiento y que evolucionaría en su totalidad según una etapas organizadas serialmente.  Por el contrario, según se desprende de estos textos freudianos, parecería que el inconsciente está constituido por diversos sectores que obedecen a diferentes regulaciones, que evolucionan en paralelo de forma asincrónica  y que se articulan y sufren modificaciones (Lichtenberg, 1989; Lichtenberg et al., 1992; Bleichmar, 1996 y 1997).

Freud, en los trabajos publicados a mediados de los años diez (por  ejemplo, 1914, 1915a y 1915b), y a diferencia de lo planteado en sus primeros trabajos (1900, 1901 y 1905, entre otros), considera que en el inconsciente es posible diferenciar dos sectores diferentes, dos módulos diferentes, en función de los mecanismos psíquicos que intervienen en su constitución. En este sentido, en los trabajos citados, Freud, por una parte, habla de los "secundariamente reprimido", consecuencia de la actuación de la "represión secundaria". Es decir, plantea que todo un sector del inconsciente está constituido por todo aquello del orden de lo vivencial subjetivo que habiendo sido alguna vez consciente fue relegado al inconsciente por la angustia y/o la culpa que generaba. Por otra parte, Freud, en estos mismos textos, habla de lo "originariamente reprimido", consecuencia de la actuación de la "represión primaria" o "represión originaria". Es  decir, plantea que otro sector del inconsciente está constituido por todo aquello del orden de lo vivencial subjetivo que nunca estuvo en la conciencia, pero que se encuentra activo en el inconsciente produciendo efectos. Posteriormente, Freud (1937) consideró que para poder tener algún grado  de acceso al conocimiento de los contenidos que nunca estuvieron en la conciencia pero que sí se inscribieron en el inconsciente, era necesario utilizar en el curso del tratamiento unos procedimientos técnicos específicos (reconstrucción o construcción), diferentes a la  interpretación y al deshacer la compulsión a la repetición.

Freud, en algunos trabajos de la misma época y en otros posteriores (por ejemplo, 1915b, 1923 y 1933), plantea que en el inconsciente en sentido estricto (es decir, en el inconsciente reprimido, en el inconsciente que surge como consecuencia de la actuación del mecanismo de la represión), es posible establecer dos sectores bien diferenciados, no ya en función de  los mecanismos que los constituyen, sino sobre la base de sus formas de funcionar, sobre la base de las leyes de funcionamiento que los regulan. En este sentido, establece que un sector del inconsciente, al que en el texto de 1923 llamará "ello", está organizado de acuerdo con las leyes del  proceso primario (desplazamiento y condensación) y del principio del placer (evitar el displacer y procurar el placer). En el otro sector del inconsciente, por el contrario, existe un alto grado de organización, siendo posible la contradicción y, por tanto, el conflicto. Este sector de lo inconsciente  -al que pertenecen importantes sectores del "yo" y del "superyó", según  plantea en el texto de 1923- es el que hace posible la existencia del conflicto psíquico inconsciente, piedra angular de toda la teorización psicoanalítica.

En Más allá del principio del placer (19) Freud plantea que determinados hechos clínicos (neurosis de destino, neurosis traumáticas, entre otros) no pueden ser explicados según el principio del placer, llegando a la conclusión de que debe existir algo previo al mismo, algo más primitivo  y poderoso, que gobierna una enorme cantidad de fenómenos psíquicos: la "compulsión a la repetición", tanto de lo placentero como de lo displacentero. Posteriormente, en Inhibición, síntoma y angustia (1926),  al intentar explicar los fracasos terapéuticos no sólo alude a las "resistencias yoicas" (es decir, a las resistencias que se oponen a la ampliación del saber de la conciencia), sino que también habla de resistencias que tienen su origen en el seno del propio inconsciente, a las que denomina "resistencias de lo inconsciente" o "resistencias del ello" (es decir, resistencias determinadas por las características específicas del inconsciente de cada sujeto, que impiden que las intervenciones ampliadoras de la conciencia resulten eficaces). En otras palabras, a partir de los años veinte, Freud dejó de concebir el inconsciente como un lugar que sólo alberga aquello que es sustraído a la conciencia, sino que pasa a  concebirlo también como una estructura con una organización propia, específica de  cada sujeto, que por sí misma puede impedir que el paciente cambie.

3. Conceptualización actual del inconsciente

En las dos últimas décadas, una serie de autores (entre otros, Aulagnier, 1975; Matte Blanco, 1975 y 1984; Neyraut, 1978; Laplanche, 1981, 1987 y 1992; Bucci, 1985; Bleichmar, 1986 y 1997), han realizado importantes esfuerzos para desarrollar una teoría del inconsciente, que recogiendo las modificaciones introducidas por Freud a lo largo de su obra, intente dar cuenta de dos cuestiones íntimamente relacionadas y de gran valor para la teoría psicopatológica en sus tres apartados (teoría del trastorno, teoría de la cura y teoría de la técnica). En este sentido, la teoría del inconsciente elaborada por los autores citados muestra, por una parte, la complejidad del mismo (en el sentido de que existen sectores diferentes con contenidos, leyes y mecanismos de constitución específicos), y, por otra, plantea que su constitución se produce a través de un proceso de inscripción histórica de los discursos parentales y sociales que van siendo transmitidos a lo largo de la vida y que, obviamente, no hacen referencia sólo a los discursos verbales, sino también a ciertos mensajes en los que prima el componente afectivo sobre el verbal, como han puesto de manifiesto los trabajos realizados, entre otros, por Stern (1985).

Siguiendo los planteamientos de los autores citados, sería posible diferenciar en el seno mismo del inconsciente, en el interior mismo del inconsciente, cuando menos, tres sectores o condiciones diferentes. Estos tres sectores de lo inconsciente serían los siguientes: lo secundariamente inconsciente, lo originariamente inconsciente y lo no inscrito en el inconsciente. Esta ampliación del campo del inconsciente obliga, en nuestra opinión, a examinar cuáles pueden ser las formas de encarar en el tratamiento psicoterapéutico esas diferentes modalidades de lo inconsciente.

3.1. Lo secundariamente inconsciente

De acuerdo con los planteamientos de Freud y de otros psicoanalistas posteriores (por ejemplo, Fenichel, 1945), lo secundariamente inconsciente corresponde a todo aquello que habiendo estado alguna vez en la conciencia fue relegado al inconsciente por la angustia y/o la culpa que producía su permanencia en la misma. Lo secundariamente inconsciente, consecuencia de la represión secundaria, fue lo que centró el interés de Freud desde los comienzos de su obra y lo que ha centrado el interés de gran parte del psicoanálisis posterior: los deseos sexuales y/o agresivos que entran en contradicción con la imagen valorizada que el sujeto tiene de sí mismo o con las normas morales que ese mismo sujeto sustenta. Se trata, por tanto, de la problemática más clásica y mejor fundamentada en psicoterapia psicoanalítica: la problemática en torno al conflicto intrapsíquico inconsciente.

Desde el punto de vista del tratamiento psicoterapéutico, la ampliación del saber de la conciencia y la interpretación como instrumento para conseguirlo, constituyen los ejes de la teoría de la cura y de la teoría de la técnica de la patología mental en la que interviene de forma preferente lo secundariamente inconsciente.

3.2. Lo originariamente inconsciente

Lo originariamente inconsciente se refiere, básicamente, según los planteamientos iniciales de Freud, a todo aquello del orden de lo vivencial subjetivo que los otros transmiten y que, por tanto, queda inscrito en el inconsciente sin que los otros ni el sujeto tengan la menor conciencia de ello. En la actualidad, lo originariamente inconsciente es trabajado, desde posiciones teóricas muy diferentes, por numerosos autores. Los conceptos, entre otros, de enunciados identificatorios (Aulagnier, 1975), objeto transformacional (Bollas, 1987 y 1989), mensaje enigmático (Laplanche, 1987), etc., a pesar de haber sido elaborados en contextos teóricos muy diferentes, se refieren todos ellos a las emociones del otro significativo que quedan inscritas en el inconsciente del sujeto, sin haber pasado previamente por la conciencia ni de éste ni del otro significativo. En los autores citados, así como en otros muchos autores (por ejemplo, algunos continuadores de la obra de Kohut como Stolorow et al., 1987), hay una continua referencia a aquello que nunca estuvo en la conciencia del paciente, pero que es lo decisivo en la configuración del inconsciente. En resumen, según los planteamientos de estos autores gran parte de los intercambios del sujeto con el otro significativo se inscriben directamente en el inconsciente, fundando sectores de éste.

De cara al tratamiento psicoterapéutico, estos planteamientos en torno a lo originariamente inconsciente deberían llevarnos a considerar la necesidad de establecer intervenciones específicas encaminadas a que el paciente pueda tener acceso a su conocimiento, como ya sugirió Freud en "Construcciones  en el análisis" (1937). En este grupo de intervenciones específicas, podría incluirse, siguiendo los planteamientos iniciales de Freud, la reconstrucción histórica (Aulagnier, 1984; Bleichmar, 1997). En la reconstrucción histórica, de acuerdo con lo planteado por los autores recién citados, el paciente y el terapeuta van construyendo un nuevo relato en el que algo que nunca estuvo presenta en la conciencia del paciente pasa a tener existencia en ella: por ejemplo, las representaciones y estados emocionales de los padres, sobre los que el paciente nunca tuvo la posibilidad de pensar, pero cuyos efectos sufría y fueron los que contribuyeron a conformarlo como sujeto.

Por otra parte, estos planteamientos sobre lo originariamente inconsciente nos deberían llevar a pensar que en el transcurso de la psicoterapia se van produciendo inscripciones en el inconsciente del paciente, consecuencia de los intercambios afectivos que se van produciendo en el momento a momento de las sesiones. En otras palabras, los planteamientos en torno a lo originariamente inconsciente traen a primer plano una serie de cuestiones de enorme interés para el tratamiento psicoterapéutico de orientación psicoanalítica: ¿qué efectos estructurantes, es decir, creadores de estructura psíquica, tienen las intervenciones del terapeuta, el tipo de vínculo que promueve, el tipo de marco terapéutico que establece, el contenido y la forma de las intervenciones realizadas y, sobre todo, cómo se articulan específicamente con las características psicopatológicas del paciente? ¿Las intervenciones para este paciente en particular van en la dirección de los cambios que se desean estimular o, por el contrario, consolidan su psicopatología? ¿Qué modelo identificatorio se le está ofreciendo al paciente mediante la posición adoptada por el terapeuta en la situación de tratamiento? Estas son algunas de las preguntas que comienzan a abrirse camino dentro de una línea de trabajo que parece sumamente prometedora. Los recientes trabajos de, entre otros, Schwaber (1990), Meissner (1991), Cooper (1992), Pulver (1992), Rayner (1992), Jimenez (1993), Kantrowitz (1993), Myerson (1993) y Bleichmar (1994 y 1997), pueden considerarse como ejemplos de esta línea de trabajo, centrada en los efectos estructurantes que para el psiquismo del paciente poseen diferentes tipos de intervenciones, tanto por su contenido y por su forma como por la modalidad de vínculo que a través de ellas se establece.

3.3. Lo no inscrito en el inconsciente

Lo no inscrito en el inconsciente, lo no constituido en el inconsciente, hace referencia, según los planteamientos de Bleichmar (1997), a una situación en la que el sujeto, al entrar en contacto, por ejemplo, con la sexualidad (pero también con otros aspectos: la comida, la maternidad, las relaciones con los otros, etc.), recibe de sus padres, de mil maneras que escapan a la conciencia de uno y otros, el mensaje de que la sexualidad (la comida, la maternidad, las relaciones con los otros, etc.) es fuente de peligros y no de placer. En estos casos, lo que no se inscribe en el inconsciente, lo que no se constituye, es, precisamente, la sexualidad como fuente de placer, sino que la sexualidad se inscribe como fuente de peligro.

Por ejemplo, una mujer puede reprimir su deseo de tener un hijo y funcionar como si ese deseo no existiera, a pesar del placer que su realización le podría aportar, cuando este deseo le genera intensos sentimientos de angustia y culpa por ser vivido como un deseo incestuoso y por sentir que si se transforma en madre usurpa el lugar de su propia madre. Esta situación, generada por un conflicto intrapsíquico, es muy diferente de aquella otra en la que una mujer no desea tener un hijo porque su madre le hizo sentir, desde la más temprana infancia, que los hijos son un castigo de Dios, que el parto es algo horrible, que el embarazo tiene que ser asumido por las mujeres con resignación, etc. En esta situación, en nuestra opinión, no hay conflicto, sino que la maternidad se inscribió originariamente en el inconsciente como fuente de sufrimiento y lo que no se constituyó, lo que no se inscribió fue la maternidad como fuente de placer (Ingelmo et al., 1998).

Lo no inscrito en el inconsciente, lo no constituido en el inconsciente, no debe confundirse con lo originariamente inscrito en el inconsciente. Sin embargo, entre inscripción originaria y no-inscripción existe una  relación, que generalmente es de oposición. Por ejemplo, la sexualidad puede inscribirse originariamente como amenazante, debido a lo cual la sexualidad no se inscribe como experiencia de placer. De igual modo, el contacto con los padres puede inscribirse originariamente como invasivo, disruptivo para el psiquismo, debido a lo cual la presencia de los padres no se inscribe como fuente de amor, de protección y de pacificación de la angustia. Así mismo, el fantasear puede inscribirse como peligroso y, por tanto, no se inscribe como fuente de placer erógeno o narcisista. Desde una perspectiva general, podría decirse, por tanto, que la inscripción de ciertas representaciones dentro del código del peligro determina la ausencia de inscripción de esas mismas representaciones dentro del código del placer (es decir, su no-inscripción).

¿Qué significa, de cara al tratamiento, que inscripción originaria y no-inscripción estén en relación de oposición? Significa, entre otras cosas, que la reconstrucción histórica, en tanto que intervención específica (Aulagnier, 1984; Bleichmar, 1997), puede ser útil en ambas situaciones. El procedimiento de ir reconstruyendo con el paciente la historia de sus interacciones, en las cuales se le inoculó parte del mundo emocional de sus padres, permite ir rescatándolo de sus efectos. Ahora bien, ¿por qué la reconstrucción histórica modifica el mundo interno del paciente, en el caso de lo no-inscrito en el inconsciente? Creemos que la reconstrucción histórica permite construir un nuevo relato, ahora con la participación del paciente y del analista, en el que algo que no estuvo nunca presente (es decir, lo no-inscrito) pasa a tener existencia. En el proceso de acompañar al paciente en el lento proceso de revisar su historia, se va construyendo una nueva concepción de la misma y una nueva manera de reaccionar emocionalmente. La reconstrucción histórica, como ha señalado Bleichmar (1997), reestructura el significado de la situación pasada porque permite crear una distancia con respecto al código que tiene el paciente, porque relativiza las convicciones de la infancia, pero, por encima de todo, porque algo que nunca se constituyó pasa a estar en el mundo representacional del paciente.

Obviamente, sabemos que existen los recuerdos encubridores, la deformación por conflicto, la "verdad narrativa" (Spence, 1982), pero también sabemos que existe la defensa a ultranza de las figuras parentales. El problema que se plantea es cómo diferenciar la verdad histórica de la verdad narrativa (en la que desde el presente y bajo su influencia se reconstruye el pasado), es decir, cómo diferenciar lo que realmente sucedió de los relatos y códigos bajo los que se organizan los recuerdos (Laplanche, 1992). El riesgo, como ya señaló Ferenczi (1932), es negar la realidad histórica y considerar que todo lo aportado por paciente pertenece a la verdad narrativa. Aunque no es fácil diferenciar entre realidad y fantasía, sobre todo por su entrecruzamiento, al cabo de un tiempo de estar con el paciente el terapeuta se va haciendo una idea sobre qué acontecimientos pueden estar deformados  y cuáles corresponden a una realidad histórica.

4. Conclusiones: especificidad de las intervenciones terapéuticas

La existencia de diferentes sectores o condiciones en el seno mismo del inconsciente (inscripción secundaria, inscripción primaria,  no-inscripción) obliga, como ha señalado Bleichmar (1997), a examinar cuáles pueden ser las formas específicas de encarar en un tratamiento psicoterapéutico de orientación analítica esas diferentes modalidades del inconsciente. En psicoanálisis, como hemos intentado poner de manifiesto, la teoría del trastorno, la teoría de la cura y la teoría de la técnica deben ser siempre subsidiarias de la evolución que vaya teniendo la conceptualización del inconsciente. En el caso contrario, el riesgo que se corre, como ya señaló Ferenczi (1932), es el de disociar la teoría de la técnica y hacer de ésta última una práctica inmovilista. La única forma de luchar contra este peligro es intentar que a cada sector o condición del inconsciente le corresponda alguna modalidad específica de intervención.
 

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